El Caminante (Cápitulo VIII)

Un verano de lujo

carlos alvaradoHace un día espléndido, un calido sol entibia  agradablemente mi piel, mientras una brisa suave con olor a mar me llena los pulmones de vida; es el pináculo de la relajación, es la paz física y mental en su máxima expresión.

De repente, el paso de una gaviota me saca del trance, y a medida que mis ojos se acostumbran a la claridad, voy vislumbrando un entorno lleno de lujo y sofisticación, un espacio, especialmente diseñado para brindar placer en forma de descanso. Estoy recostado en una hamaca bajo un tinglado de madera, en la terraza de la suite de lujo, de uno de los hoteles mas modernos y exclusivos de Europa: “El hotel vela”, ubicado en la playa de la Barceloneta y construido sobre un rompeolas que se adentra en el mar, ofreciendo vistas únicas para quien tenga la suerte y el dinero de poder pagarlas.

Aquí estoy, en una suite de varios miles de euros por noche, disfrutando ante un paisaje que se me antoja como una gigantesca postal en tres dimensiones, una postal real y viviente que se extiende ante mis ojos incrédulos, y mientras me incorporo con pereza en este lugar de ensueño, puedo ver al frente, en la bahía, las pequeñas barquitas de colores que navegan plácidas llevadas por el viento, ese mismo viento que me trae de vez en cuando, el sonido de las  risas de unos niños que chapotean en el agua, y juegan en la orilla con sus palitas de arena bajo la atenta mirada de sus padres, no puedo dejar de mirar a la playa, sin percatarme que un poco mas cerca sobre las rocas del rompe olas  están dos “sílfides” en traje de Eva, quienes sin previo aviso saltan al mar para divertirse jugando al gato y al ratón, y que de forma impresionante, se sumergen y salen del agua con la agilidad y gracia de una “sirena”; una es del color del ébano y la otra tiene los cabellos y la piel  color de oro.

Toda esta visión del entorno resulta surrealista y mágica para mi, nada de esto lo había presenciado antes en mi vida, tantas cosas combinadas de manera tan perfecta, como para hacer un cuadro gigante, y colgarlo en la sala de mi casa, ¡como quisiera que me vieran mis amigos!, ¡como quisiera que me vieran mis padres! Cuanto quisiera poder compartir este momento con alguien mas, que me conozca y sepa de donde vengo y se pueda maravillar tanto como yo de este espectáculo sensitivo!.

Son momentos como este los que me hacen sentir un afortunado aventurero, son estas experiencias las que me permiten pensar que he tomado las decisiones correctas en la vida, las que me alivian el miedo y la culpa por haber emprendido este viaje. Es así que yo pensaba conocer el mundo y disfrutar de la vida? , estoy convencido de que si, que he hecho bien en partir.

A veces, cuando comparo estos paisajes cosmopolitas con los agrestes parajes de mi tierra, recuerdo como me gustaba contemplar la puesta del sol sentado sobre las dunas de “Baja Baroa” en  Venezuela y hundir los pies en sus blancas arenas acariciadas por las suaves olas del mar caribe, y mientras miraba el beso del cielo y el agua a la hora del crepúsculo, degustaba pequeños sorbos de un delicioso licor tropical; estos recuerdos aquí y ahora lo aclaran todo, es entonces cuando termino por entender que lo uno no compite con lo otro, sino que se complementa, y es cuando entiendo, que al fin, estoy disfrutando de la parte que me faltaba para ser un caminante completo y realizado, un viajero graduado, un aventurero satisfecho.

El sol se refleja ondulante sobre el agua, y de esta brotan destellos que deslumbran de tanto en tanto a quien observe en su superficie, las “barquitas” de colores van y vienen sin cesar; de la orilla al rompeolas y vuelta a la orilla, un joven de tez rosada corta el agua velozmente sobre una tabla de windsurf, y los niños de la playa, detienen su chapoteo para salir a degustar un bocadillo o algo parecido que le ofrece una señora de vestido blanco.

Es mas de medio día y la luz del sol lo envuelve todo, yo, ahora sentado en mi hamaca,  sigo disfrutando del espectáculo visual, con esos ojos ávidos de ver mundo, con ojos de quien sabe, que momentos como este  pasan rápido y hay que grabárselos en la memoria para no perderlos del todo irremediablemente, sin embargo, la claridad del día y su reflejo en el agua, a ratos me dificulta esta misión, por eso creo alucinar, cuando de debajo de las aguas tranquilas veo surgir lo que yo pienso, es el mismísimo ¡Neptuno dios de los mares!. Solo fue un instante, pero al fin pude verlo surgir otra vez a la superficie, era alto y robusto, tenia cabellos largos y de color rubio blanquecino que caían por su espalda hasta llegar a la cintura, y una espesa y larga barba cubría su rostro, no estoy seguro, lo digo por la distancia que nos separaba, pero creo haber visto sus ojos azules casi grises mirarme por un instante o al menos mirar hacia donde yo me encontraba, colgaba de su cuello una especie de collar de cuentas minerales o de un material parecido a las piedras, y al quedar expuesto al sol y al viento su piel brillaba como si tuviese escamas, o quizás, eran las gotas de agua sobre su cuerpo que daban esa sensación en la lejanía, por un momento pude ver que iba desnudo, y entonces pensé que las sílfides que jugueteaban cerca de allí en realidad eran sus sirenas tal como creí desde el principio, me levante de un salto y me quede mirándole detenidamente para detallarlo aun mejor, y entonces fue cuando lo vi.; era un enorme tatuaje sobre el lado izquierdo de su pecho, el rostro de una dama bordeado por la silueta de un corazón y debajo de este un nombre que no pude distinguir, entonces, me tranquilicé al saber, que no se trataba de ningún dios mitológico sino de un mortal, un humano, un hombre de carne y hueso, que igual que cualquier otro amaba o había amado a una mujer.

La brisa sopla suave de nuevo y agita levemente mis cabellos, pienso que esta es la vida que merezco vivir, que el placer de estar vivo y poder disfrutar de lugares como este valen la pena cualquier sacrificio, que no importa lo pasado, y el presente es inmejorable, me siento indetenible en mis ambiciones, creo que si he llegado hasta aquí lo puedo todo; asi paso un largo rato, en silencio,  con una sonrisa de satisfacción pintada en mi rostro, hasta que escucho mi nombre, y siento como  alguien me llama en la distancia… entonces vuelvo a la realidad, para responderle a Vicente, esa persona que me busca insistentemente por todo el edificio, que ya estoy listo, y que de inmediato me pondré manos a la obra, que continuare pintando las paredes del hotel, ya que al fin y al cabo para eso me han traído, Y que claro, que si, que lo se, que ya se acabo mi hora de descanso…  .

P.D. Soñar no cuesta nada… aun!

Carlos Alvarado Bitter- Venezuela.

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Un comentario en “El Caminante (Cápitulo VIII)
  1. Vicente Marín dice:

    Me encanta. Enhorabuena caminante!

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