Mucho se está hablando de las “presuntas” agresiones racistas sucedidas en estos días en España. Este tema ha llevado a la calle el debate de cómo son tratados los inmigrantes en España. Hace unas semanas comentábamos la interesante exposición que tuve oportunidad de visitar en Granada que reflejaba la vida del emigrante español a las américas, comparándolo con la situación actual migratoria en España (De la España que emigra a la España que acoge).

Esta mañana, muy temprano (7:00 am), mientras me arreglaba para ir a mi trabajo diario, no he podido dejar de leer este artículo publicado en Eluniversal.com. Mi compañero abogado, A. Romero Martínez compara el trato que se le dispensaba al inmigrante español cuando llegaba a Venezuela a buscar una mejor vida con el que ahora damos en España a los ciudadanos venezolanos, o a los inmigrantes en General, y nos recuerda nuevamente que NOSOTROS TAMBIEN ERAMOS INMIGRANTES.

Os dejo el artículo y, naturalmente espero vuestros comentarios.

“Los emigrantes venezolanos en España”

eluniversal.com
Romer A. Romero Martínez // “Los emigrantes venezolanos en España”

Aún recuerdo con frescura los gritos de alborozo que de niños pegábamos en Maracaibo cuando veíamos a españoles o italianos, pasar caminando por el frente de nuestras casas, jalando una carretilla que siempre tenía un peculiar e imborrable chirrido, y gritando fuertemente que afilaban cuchillos y tijeras. Los niños les gritábamos, en son de broma mas no de xenofobia, ya que esto era desconocido para las mentes infantiles de entonces: “Adiós, inmigrante marchante”. Para los niños de entonces, inmigrante llegó a convertirse en un sinónimo de persona blanca, de hablar extraño, de pobre que recorría las calles vendiendo algo u ofreciendo algún servicio a domicilio. Nunca sentimos que debíamos despreciarlos, tratarlos mal, porque ese telegrama xenofóbico todavía no estaba recepcionado en las mentes de los venezolanos de hace medio siglo atrás.
Maracaibo era abierta a todas estas nuevas personas que llegaban por cantidades industriales, principalmente de España e Italia. La razón de ello se debió, en parte, a la “inmigración controlada” que propició la dictadura de Pérez Jiménez. Ésta buscaba manos que trabajaran en el campo. Sin embargo, la mayoría salía raudamente, desde el Puerto de La Guaira, a donde llegaban de Europa en buques viejísimos, hacia las ciudades más pobladas.

Mi mamá siempre hablaba bien de ellos, diciéndonos que eran personas honestas y trabajadoras, que habían pasado por una guerra terrible, por hambrunas espantosas y merecían nuestra consideración. Quizás describía un poco el sufrimiento propio que tenía en razón de la dictadura de Pérez Jiménez. Sí, ésa que exacerbó en el venezolano el deseo inaplazable de buscar la libertad y la democracia, a como dé lugar y en cualquier ocasión. Deseo este que hoy estamos reviviendo en razón de la presente entropía social, causada por la sola voluntad de unos pocos con los bolsillos llenos del corrupto dinero petrolero, con el cual han tapado la boca de algunos “aliados por ahora” y de muchos colaboracionistas entaparados.

El caos sociopolítico, intencionalmente creado en Venezuela, ha obligado a cientos de venezolanos a emigrar a España, con la expectativa de recibir el mismo cobijo y receptividad que los inmigrantes españoles recibieron de nuestros padres y abuelos. Desgraciadamente, lo que oímos es patético y absurdamente contradictorio. Los emigrantes se encuentran con unos españoles llenos de ínfulas, con odio racial, descorteses, y con manifiesta animadversión hacia el venezolano y, en general, hacia el latinoamericano. Estoy seguro de que muchos de estos seres olvidan que tienen algún pariente lejano o cercano; pero lo tienen viviendo en Venezuela, en donde hizo fortuna y encontró apoyo y amistad cuando más los necesitaba; que llegó muerto de hambre a esta gran nación, sin muda de ropa y con sólo esperanzas, y así, sin preguntar de dónde venía, lo recibimos con alegría y camaradería.

No acepto la xenofobia; y menos ésta que acabo de explanarles. Mucho de este ánimo se debe, con absoluta seguridad, a la imagen que el revocado y perdidoso y sus juntas de desgobierno la que está al aire libre y la que está a sombra, dan al mundo: una Venezuela arrasada por el salvajismo del siglo XIX. En parte, es por esta situación que debemos luchar por una Venezuela democrática, moderna y sin clases. Plata sobra. Hagamos como nuestros antecesores, que se libraron de Pérez Jiménez y de otros más avezados.

Abogado/ romerromero@intercable.net.ve